Letra
Llega a mis oídos
la pregunta inesperada.
Eres feliz?
Jamás le respondí,
cambié de tema
porque no quería atormentar
a mi madre
en su lecho de enferma.
Ella dijo
con voz temblorosa
y entrecortada:
a veces uno toma decisiones
sin saber
que no son las correctas
Hubo silencio.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Quién pudiera adentrarse
en sus pensamientos,
en sus sentimientos?
Desde entonces
aprendí otro idioma distinto,
el de las miradas,
serenas
o inquietas,
el del dolor
o el alivio.
El de la súplica
provocada por el hastío
de vivir una vida
que ya no era vida,
más que vida
era un misterio.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Pasó más de una década,
de mi madre
quedan sólo las cenizas.
Pero la pregunta
está tatuada
en mi memoria,
y tal vez un día
yo deba hacérsela
a mis hijas…
El inevitable ciclo
y la ronda
de las preguntas.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
la pregunta inesperada.
Eres feliz?
Jamás le respondí,
cambié de tema
porque no quería atormentar
a mi madre
en su lecho de enferma.
Ella dijo
con voz temblorosa
y entrecortada:
a veces uno toma decisiones
sin saber
que no son las correctas
Hubo silencio.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Quién pudiera adentrarse
en sus pensamientos,
en sus sentimientos?
Desde entonces
aprendí otro idioma distinto,
el de las miradas,
serenas
o inquietas,
el del dolor
o el alivio.
El de la súplica
provocada por el hastío
de vivir una vida
que ya no era vida,
más que vida
era un misterio.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.
Pasó más de una década,
de mi madre
quedan sólo las cenizas.
Pero la pregunta
está tatuada
en mi memoria,
y tal vez un día
yo deba hacérsela
a mis hijas…
El inevitable ciclo
y la ronda
de las preguntas.
Ella nunca más habló,
se sumió de lleno
en el lenguaje de los ojos,
aquellos ojos tristes
que no olvido.
Se sumió en su cansancio,
en su propio
o ajeno dolor.