Atacar cover art

Créé le nov. 15, 2025

Paroles

En mi cabeza vive un perro flaco, sarnoso y hocicón que aprendió a imitar mi voz para joderme,
un crítico nacido del miedo viejo que alguien me tiró cuando yo no sabía defenderme.
Ese cabrón ladra sin que lo llamen, aparece cuando estoy cansado, cuando dudo, cuando subo un escalón,
cree que puede frenarme con susurros baratos, como si yo todavía fuera el mismo que se tragaba su veneno.

Pero hoy la guerra cambió de dueño.
Hoy yo soy el que despierta primero,
el que abre los ojos buscando esa sombra mental para romperle el hocico antes de que respire.
Lo escucho antes de que hable, lo huelo antes de que invente su basura,
y cuando intenta levantarse, lo estrello contra el suelo de mi mente sin pedir permiso.

Me dice “no puedes” y le disparo:
“cállate, puto, mírame hacerlo”.
Me dice “vas lento” y le trueno:
“lento mis huevos, avanzo aunque me duela todo”.
Me dice “no vales nada” y le escupo:
“valgo porque decido valer, no por lo que ladras”.
Me dice “te vas a caer” y le gruño:
“ya me caí mil veces, por eso ahora camino más duro que tú”.

Cada pensamiento suyo lo convierto en ejercicio,
cada duda en peso muerto que levanto con la pura disciplina,
cada insulto que tira es entrenamiento para hacerme más preciso, más frío, más difícil de tumbar.
No hay tregua con ese perro interno,
no hay piedad,
no hay negociación.
La guerra es diaria, el campo es mi cabeza y el enemigo es ese fantasma cagado de miedo.

Y aun así vuelve, porque los críticos internos son como cucarachas:
creen que pueden sobrevivir a todo.
Regresa con la misma cantaleta de siempre,
intenta agitar mis inseguridades como si fueran cadenas todavía amarradas,
y ahí, justo ahí, lo reviento con la frase que le quiebra las piernas:
“esa versión de mí que tú atacabas ya está muerta, cabrón. Hoy mando yo”.

Yo soy el que se levanta aunque el cuerpo cruja,
el que camina con fuego en las piernas,
el que respira hondo para no ceder ni un milímetro,
el que convierte cada golpe en estructura,
el que convierte cada recuerdo en munición,
el que se reconstruyó a golpes y ahora no se dobla por nada.

El crítico interno no es mi maestro;
es mi mascota maldita,
y la educo a vergazos de claridad.
Si ladra, la callo.
Si muerde, la encierro.
Si insiste, la destruyo con acción.

Porque esta guerra ya tiene un ganador:
Yo mando.
Yo ejecuto.
Yo camino.
Tú te callas.
Y si vuelves a ladrar,
yo vuelvo a ganar.